‘’Prefiero ser una tortuga lenta con sentido y propósito, que una liebre rápida sin ninguna de las dos’’.

Estas palabras las dijo el orador en una actividad que participé ayer. Y por primera vez sentí que por fin alguien dio en el clavo.

Muchas veces no empecé hacer ‘’algo’’ porque entendía que se trataba de tener talento, el ambiente donde crecí y las oportunidades que este me brindó.

Claro que estos factores son importantes, pero no lo son todo. ¿De qué me sirve haber crecido en un ambiente lleno de oportunidades si no tengo pasión por lo que hago? ¿De qué me sirve el talento si no está amarrado a un propósito?

No se trata de velocidad. Se trata de la cantidad de trabajo que estás dispuesto a poner para perseverar con pasión, sentido y propósito.

Empieza donde estas. Las cosas más grandes y hermosas de la vida crecen despacio y en silencio.

Sin prisa y sin pausa todo se alcanza.

Una persona cambia por tres razones:

  1. Aprendió lo suficiente.
  2. Sufrió lo suficiente.
  3. Se cansó de lo mismo.

Esto leí hace unos días en Twitter y no pudo ser mas acertado. No obstante, yo cambiara la palabra ‘’cambio’’ por crecimiento y madurez.

Aprender definitivamente me eleva a un nivel superior. La información es poder y expande mi mente.

Sufrir me vuelve vulnerable. Es inexplicable como el sufrimiento me lleva a vivir diferente. Es como si volviera a nacer.

Sin dudas que en algún momento me canse de lo mismo. El aburrimiento despertó el deseo de querer intentar nuevas cosas y experimentar con lo desconocido.

 

Estos dos últimos años me he dedicado a aprender, prepararme y entrenarme para aventurarme a lo desconocido. En este proceso descubrí que tenía algunas habilidades que no sabía que poseía.

Además, me dedique a encontrarme a mí misma (si, ese cliché o cursilería que muchos hablan y que otros critican porque no sabe de qué se trata. Me paso a mi). En ese proceso conocí personas que influyeron en mi de tal manera que cambiaron mi vida (no las mencionaré. Ya se los dejé saber individualmente).

No soy experta ni gurú en nada. Tampoco la persona más correcta o perfecta. Soy lo suficiente humilde para reconocer que no lo sé todo y que debo seguir aprendiendo. Reconozco también que he sido terca y no me he dejado guiar.

El día que deje de aprender, ahí se detuvo mi crecimiento.

Mi grandeza no esta en lo que tengo, sino en lo que puedo dar. Aprendo de tal manera que pueda enseñar a otros.

Después de la TORMENTA viene la CALMA.

¡Así es! Cuantas tormentas he pasado y superado.

Pensando en mi última tormenta aprendí que su paso no es lo más difícil. ¡Es lo que viene después!

Toca recoger los escombros que a su paso deja, tratando de dejar todo lo más impecable posible. Ahí me toco sacar fuerzas que no sabía que tenía. Y cuando creí haber dejado todo en orden vino el remanente de la tormenta.

En medio del desorden me di cuenta de que mucho se perdió. Nada dura para siempre. Algunas cosas se pueden recuperar y otras no.

¿Calma? Hay que pasar un largo trecho para encontrarla. A mí llego cuando finalmente entendí, que por más que quiera nada queda igual. TODO cambia, unas cosas para bien y otras para mal.

Mi tormenta me dejará marcada para toda la vida. De ella tomo lo bueno y lo aprovecho. Lo malo, lo desecho.

 

¿Con que frecuencia practicas al arte de dar gracias?

Ayer leía un artículo que decía que tomarse un tiempo para dar gracias por el momento presente abre una dimensión más profunda a nuestras vidas.

Se que es importante ser agradecida. Dar gracias por las cosas buenas de mi vida. Pero siendo honesta, es más fácil decirlo que hacerlo. Claro, la vida se encarga de proveer situaciones difíciles que debilita la esperanza o que no  llenan nuestras expectativas.
Cultivar el agradecimiento no solo en los buenos momentos, sino en todo momento es un verdadero reto. Demanda de un gran esfuerzo. Con facilidad veo lo negativo de mi vida lamentando aquello que no salió como yo quería. ¡Cuantos años he pasado quejándome y comparándome!
La vida misma ya es un regalo . Tiene fecha de vencimiento. Pero debajo de lo malo hay muchas bendiciones que damos por sentado. No se tiene que ver con lo mucho o poco que tengo. Ahí comienza el poder de la gratitud: levanta nuestro espíritu cuando no estamos buen ánimo y nos hace sentir regocijados. Hay que agradecer hasta por las cosas mas insignificantes.
Hoy me tomo un momento para recordar todas mis bendiciones recibidas durante los últimos 11 años. Doy gracias  porque, aunque he perdido, también he ganado.
¿Y hoy, porque das gracias?
#Agradecida

Las palabras se las lleva el viento  ¿O no?

Las palabras se quedan como una daga  clavada en una herida abierta. Si no dominamos el dolor, terminará dominándonos.

Las palabras se quedan en forma de cicatriz. La aceptamos como una acompañante a la cual conocemos muy bien. Y, aunque sabemos que ya no es grave, al verla recordaremos aquel dolor.

Buscaremos enfocar nuestra atención en otras cosas, creando fantasías placenteras, recordando escenas gratas, despertar una nueva pasión para no pensar en el dolor.

Las burlas, las ofensas y las críticas no se van con el viento . ¡Cuidemos nuestras palabras!

Experimenté la verdadera libertad. Mi felicidad no depende de las cosas materiales, de otras personas, ni de tener el control de todo.

 

Me liberé de cargas que no me correspondían para evitar contaminar mi existencia. Nadie cambia a nadie.

 

Supe que es más fácil manejar lo que me molesta si tengo mi mente clara. Me protejo espiritual, emocional y mentalmente. Encontré el balance. No puedo darle a los demás lo que no tengo.

 

Aprendí a no avergonzarme de mis fracasos. Entendí que los errores están permitidos, pero no para lamentarme por ellos toda la vida.

 

Tuve fe en mí. Reconocí mis defectos y acepté mis virtudes. No quiero ser como otros, quiero ser como yo.

Mi compromiso más importante es conmigo. Logré conquistarme yo, ahora conquisto afuera.