Confieso que me cuesta pedir ayuda. Esto es por un sentimiento que tengo de no verme débil o inferior. Una mala costumbre de dejar reinar el ego.

Sin embargo, reconozco que de vez en cuando necesito, más que pedir ayuda, una palabra de inspiración o motivación.

Hace unas semanas llegando a una parroquia junto con mi esposo, ve al padre y le pide que nos bendiga. Yo me quede como ‘’ ¿Qué paso?’’ No me estaba esperando esto.

No pasaba nada grave. Solamente había una necesidad de tener paz y tranquilidad. Y en ese momento ese fue el instrumento.

No soy tu mejor ejemplo para decirte que no permitas que te llegue el agua al cuello. Como te dije al principio, me cuesta no hacerlo.

Lo cierto es que, esa pequeña acción fue especial. Te invito a que, si no lo haces, comiences a practicar el pedir ayuda.